Primer certamen literario Geocacheando El Mundo – DNF

Tras el primer relato presentado al “Primer Certamen Literario Geocacheando El Mundo” que puedes leer y votar en el siguiente enlace, vamos con el segundo. Osanimo a que sigais votando con 1, 2 o 3 puntos a todos los relatos presentados a través de un comentario a esta entrada.

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DNF

Sangre,  mucha sangre. Demasiada. Lo que hacía  tan sólo unas  horas  era el cráneo de aquél  pobre  desgraciado, se encontraba ahora  completamente destrozado  y los sesos  salpicaban todos  los rincones de  aquella exigua  habitación. La víctima   era  un  joven  estudiante de  intercambio, bajo  el  programa de  becas Erasmus, que vivía de alquiler en un pequeño piso del barrio  valenciano de Benimaclet. Aquella habitación apestaba, por partes iguales, a juventud y a humanidad. Según  la vecina  de enfrente, una  anciana solitaria que  no tenía  otra  afición que  la de  curiosear por  la mirilla  de la puerta cada  vez  que  el motor  del ascensor se ponía  en marcha, aquel  muchacho italiano tenía  una  vida  bastante libertina. Cada  jueves por  la noche,  a eso de las dos  de la madrugada, solía regresar  acompañado de alguna chica, o de algo peor  —insinuó mientras su cara se torcía  en una  agria  mueca  de considerable aversión—. Por lo visto, el joven estudiante había decidido explotar su sexualidad al máximo en las juergas descomunales que derivan de todo intercambio universitario. Tras estudiar con detenimiento la escena del contundente crimen, dos  alternativas se desmarcaban como el móvil  del asesinato. O bien una  de sus parejas, un varón  según  los indicios  que la forense  había  detectado en su primer análisis  y según  las declaraciones de  la vecina,  tuvo  un  arrebato descontrolado por  los celos,  o bien  el muchacho había  sufrido un engaño y había  sido víctima  de un ataque homófobo.  No era la primera vez que uno de aquellos intolerantes se hacía pasar  por lo que  más  odiaba para  dar  un  buen  escarmiento a los que  no consideraban más que  escoria.  Escoria que  creía combatir a la escoria.  Con ese pensamiento en la cabeza  me  despedí de  mis  compañeros, que  aún  se quedarían un  rato  más  a terminar de  procesar las  pistas   y  recoger   todo  aquel  despliegue tecnológico puesto a nuestra disposición.

 

Entré por  la puerta de mi casa pasada la medianoche. El día había sido intenso y agotador. Sabía que aunque me metiera en la cama, no podría lograr  conciliar el sueño.  Nada más encender las luces, León, mi compañero felino desde hacía

 

ya más  de una  década, abrió  súbitamente los ojos y, como  si el sofá tuviese alguna  clase de resorte invisible,  salió disparado a mi encuentro, restregando su lomo  entre  mis piernas para  reclamar mi atención y que,  como  si de su propio esclavo  me tratase, le pusiera en su cuenco  su ración  nocturna de Última Senior. Saqué   del refrigerador una  lata de cerveza  del Mercadona y uno de las decenas de tupperware que contenía los restos  de la cena el día anterior. Me consideraba un acumulador incontrolado de tuppers de todas las medidas y formas.  Siempre tenía en  mente  algún   uso  alternativo para  esas  pequeñas cajitas  estancas de plástico.  Ni tan  siquiera me molesté  en colocar  su contenido en un  plato  ni en calentarlo unos  segundos al microondas. Directamente me tiré en el sofá y planté el portátil sobre mi regazo.  Necesitaba desconectar del trabajo. Leer los mensajes del  Facebook, jugar  unas  partidas al Candy Crush Saga y revisar el correo. Una rutina casi diaria cuando llegaba  a casa. León no tardó en regresar al sofá y acurrucarse de nuevo, esta vez entre mis piernas. Pasé por encima  de las notificaciones  del Facebook.  ¿Realmente mis amigos pensaban que  me podía interesar  jugar al Criminal Case? Como si no tuviese bastante a lo largo  del  día.  Las vidas del  Candy no me duraron ni 5 minutos. Llevaba varios  días  atascado en un nivel del tiempo, el 2016, y las vidas  se iban con una  rapidez pasmosa. En el correo tampoco encontré nada   destacable, casi todo spam y  publicidad. Por suerte, en  unos  pocos  días  me  tomaba una  semana de  vacaciones que  podría invertir en mis dos  aficiones  favoritas: la montaña y el Geocaching. Muchas de mis amistades me tomaban por un loco, o friki, por disfrutar de la búsqueda de pequeños contenedores a través de mi dispositivo GPS. Para ellos era un lunático que utilizaba satélites de miles de millones de euros con la única finalidad de encontrar cajitas en la montaña. Para mí era algo más. Una manera de desconectar de mi trabajo, y de mi rutina, y sin embargo seguir mejorando mis dotes de investigación, deducción e intuición. Encontrar algo que a los ojos de los demás está oculto, o simplemente no existe, me proporcionaba un pequeño subidón de adrenalina. Todo ello se complementaba a la perfección con los lugares que la

 

búsqueda me permitía descubrir y con el ingenio que  mis  compañeros de afición mostraban en crear, cada vez, acertijos más intrincados y contenedores más elaborados. Sobre las vacaciones, aún no había  decidido dónde ir. A algún sitio no muy  lejano de Valencia  pero  que  me permitiese desconectar en la montaña. La provincia de Teruel  parecía un  lugar  ideal  para  ello. Lo que  no tenía  muy claro era si decidir un sitio y luego  mirar  si habían cachés  en los alrededores, o si simplemente buscar  en el mapa una  zona  de montaña con muchos cachés y a partir de ahí buscar  un  alojamiento cercano.  Decidí empezar echándole un vistazo  al mapa. Mis búsquedas se iban alternando entre la herramienta oficial de Groundspeak, la empresa detrás de Geocahing.com, y una  página muy  popular de control  de estadísticas y base de datos  sobre  cachés  y usuarios. Con esta última  herramienta podía ver si los cachés de las zonas  que iba seleccionando tenían una buena valoración del público, algo de gran importancia para  mí, u otra información que me ayudase a tomar una decisión. En mitad de la búsqueda mi móvil vibró  sobre  la mesita  del comedor. Mi servicio  de notificaciones, por  ser miembro Premium de la comunidad de Geocaching, me enviaba una  alerta  sobre  la publicación de  un  nuevo caché  dentro de  mi  radio  habitual de  acción. Aparté el portátil y me incorporé para  coger mi teléfono,  no sin antes  recibir un leve  gruñido de  disconformidad por  parte  de  León.  Odiaba que me moviese cuando dormía. Se acababa de publicar un nuevo caché del tipo misterio, ¡a tan sólo un par de kilómetros de mi casa! El propietario del mismo era un usuario que  jugaba  bajo  el pseudónimo de  “Sandman”.  Era la primera vez que oía  su nombre, pero  no le presté demasiada atención. Tampoco es que yo fuese un jugador demasiado social, de esos que  abundan en los diferentes eventos para  el encuentro de jugadores. Siempre había jugado a este juego desde una  posición relajada e íntima. Sin inmiscuirme demasiado en la sociedad de jugadores. Una especie de saprófito del Geocaching. Ni publicaba nuevas aventuras, ni me dejaba caer por eventos. Tan sólo devoraba cada una  de las aventuras que el resto de la comunidad tenía  a bien  de  diseñar. El título de este nuevo juego  era  un escueto  “Enigma Puerto”, pero  lo que  realmente logró  captar mi interés,  era la dificultad del  mismo.  Un  caché  de  5 estrellas de  dificultad, el máximo que  se podía asignar a estos juegos, era una  motivación más que suficiente para  entrar en él y ver qué reto era el que se planteaba. Sin embargo, el reloj marcaba ya la una menos  cuarto y a la mañana siguiente tenía  que  levantarme temprano de nuevo.  Así que lo marqué en mi correo como favorito y lo dejé estar  hasta  otro momento. Tampoco era un  jugador al que  le obsesionasen los FTF’s, o el reconocimiento por  ser el primer buscador en encontrar el caché.  Podía  irme  tranquilamente a la cama sin el remordimiento de que otro usuario se me adelantase. Era algo  que,  sinceramente, no me quitaba el sueño.  Apagué el ordenador, dejé cargando el móvil y me fui a la cama  a descansar un poco. Mientras intentaba  conciliar  el sueño,  se me aparecía de nuevo la imagen del pobre  italiano y su cráneo  destrozado. Pero finalmente me venció el cansancio y caí rendido.

 

Pasaron varios  días  de intenso trabajo, el caso en el que  había  estado trabajando,  el del  joven italiano asesinado en su propio piso,  me  había  obligado a extender mi jornada laboral,  ya habitualmente extensa,  hasta  turnos casi interminables.  Sin embargo, a los pocos días recibí una  llamada de nuestro laboratorio que permitió clarificar  el asunto y dar rápidamente con el presunto asesino.  Las pruebas recabadas eran concluyentes. Una muestra hallada en el sofá de la víctima, que parecía corresponderse con las escamas  resultantes de una  dermatitis seborreica, había  sido la clave del caso. Un pequeño análisis  en aquella vivienda de estudiantes, más en concreto  en el cuarto de baño,  había  sido suficiente para darme cuenta de que aquel  muchacho transalpino se cuidaba profundamente y que si hubiese padecido aquella enfermedad, seguro que habría encontrado allí diferentes lociones  o champús de tratamiento específico.  Aquellos restos escamosos,  simplemente no me cuadraban en aquel  escenario. Así fue como  lo corroboró el laboratorio forense.  El ADN de las escamas no se correspondía con el de la víctima.  Introduje la muestra en nuestra base de datos, casi por rutina, sin esperar realmente concordancia alguna, pero  la diosa  fortuna estaba  de mi lado y quería que  pudiese disfrutar a tiempo de mis merecidas vacaciones. El ordenador identificó aquél  ADN  como perteneciente a un delincuente habitual asociado  a  la  rama  de  los  Cabezas Rapadas. ¡Qué ironía  un  cabeza  rapada con dermatitis seborreica! Y qué golpe de suerte. La imagen de la pantalla plana  de mi  equipo informático mostrando  un  “Match”  de  aquella muestra con  aquel delincuente común, me hizo  recordar a la satisfacción de lograr  un  verde  en el Geocheck, la herramienta que  usábamos en la búsqueda de  tesoros  para  determinar si habíamos resuelto bien  un  misterio o no. Dicha situación me recordó que  tenía  pendiente el juego  de  “Sandman”.  Tratar  de  encauzar los  primeros pasos  del  “Enigma Puerto” sería  un  buen  reto  para  intentar resolver antes  de irme  de vacaciones. Posteriormente, una  visita  a la vecina  indiscreta, la “vieja’l visillo” como  la llamábamos en Comisaría, con una  fotografía del  sospechoso, sirvió  para  cerrar  el caso. La detención se produjo de noche, con un  operativo limpio  y rápido en el interior de su propia casa. Ahora ya podía irme  a casa y disfrutar de la semana de vacaciones que me venía por delante.

 

Estaba completamente tirado en el sofá de casa. Cualquiera que entrase ahora por  la puerta, cosa que no iba a ocurrir, podría pensar que me había  caído  desplomado desde el techo  de mi casa. Sólo la postura de León, entrelazado entre mis piernas, hacía indicar lo contrario. La semana había sido agotadora pero,  al fin, ya estaba  de vacaciones. Al día siguiente no tendría que  madrugar. Al día siguiente no tendría que hacer nada.  Simplemente decidir un lugar donde irme unos  cuantos días  a desconectar. Eran las ventajas de vivir  sólo. Podías decidir tus viajes en el último momento. Tan sólo necesitaba buscar  un destino, llenar  la maleta  acorde  a mi elección,  dejarle  preparada a León  la comida y el agua  y subirme al coche. Cuando encendí el portátil para ver dónde me escapaba, me acordé  de “Sandman”. Entre  en la web de Geocaching y me puse  a mirar  el mapa de la zona  en busca  del misterio que  buscaba. Una vez localizado, entré  en su  ficha  y me  dispuse a ver  qué  es lo que  decía  y sobre  qué  iba  aquello del “Enigma Puerto”. Al entrar en la ficha del caché me llevé dos sorpresas inesperadas. La primera de  ellas  se trataba sobre  la descripción del  enigma, o más exactamente sobre  su ausencia. La ficha no tenía  ninguna información sobre  el juego o sobre  la zona  en la que se había  escondido el caché. ¡Cómo odiaba esos cachés que no decían  nada  ni aportaban ningún conocimiento al buscador! Tan sólo una frase lapidaria fue suficiente para que, aún así, decidiera seguir  dándole una  oportunidad: “Abierto los sábados y domingos. ¿Serás lo suficiente avispado para  dar  con él, Inspector?” No era raro que estos juegos nos hicieran meternos en el papel  de un detective, un agente  secreto  o cualquier otra personalidad.  Pero en este  caso,  la palabra “Inspector” me  señalaba directamente. No podía dejar de intentarlo para  mantener mi  reputación en  el juego,  si es que realmente la tenía.  La segunda de las sorpresas me esperaba en el Geocheck. El caché ya llevaba  varios  días  publicado y yo esperaba que ya se hubiesen hecho con él más de uno  de mis compañeros. Y más con lo “Ansiavivas” que  era por aquí la gente.  Conocía a algunos jugadores que eran capaces de registrar el “Encontrado” en menos  de una hora  desde la publicación. Como si no tuviesen otra vida alternativa al juego y estuviesen esperando al lanzamiento de nuevos retos para  salir corriendo en su búsqueda; lloviese,  tronara o nevase.  Sin embargo, la imagen que llevaba el recuento de aquellos usuarios que habían sacado  la clave del acertijo, mostraba un rotundo “0” en la casilla verde  y más de “100” rojos, o errores en la obtención de  la solución. Recordé  que  se trataba de  un  juego  de cinco  estrellas de  dificultad, pero  incluso  así me  parecía desproporcionado el ratio  que  mostraba el contador. Me incorporé y apoyé el portátil en la mesita frente al sofá.  Era momento de invertir un  poco  de  tiempo en  intentar ver  de qué iba este enigma. Me acerqué a la nevera, abrí la puerta repleta de imanes y pegatinas obtenidas geocacheando por todo  el mundo y me preparé una  cerveza bien fresca  y un pequeño cuenco  de variantes. Si iba a pasar buena parte  de la noche  intentando descifrar la “Operación Puerto”, lo mejor sería estar  bien preparado y avituallado. Empecé  por  las técnicas  más  comunes que  conocía  para este tipo  de juegos: resaltar el texto  en busca  de palabras ocultas,  búsqueda de enlaces  ocultos  en alguna parte  de la web, analizar el código  fuente  para  ver si incluía  algún  comentario. Nada de ello daba  resultado. También opté por introducir  las mismas coordenadas que mostraba la publicación del caché. ¡No sería la primera vez que me querían engañar con ese truco infantil! Pero tampoco era este el caso.  Seguí  probando diferentes técnicas,  a  cual  más  rebuscada, pero ninguna de ellas desenredaba el hilo del cuál debía  de tirar.  Las horas iban  pasando frente  al ordenador y el ánimo  inicial  de  la búsqueda comenzaba a decaer. ¡Qué más daba si no lograba sacarlo! Pero…  Estaba tan  cerca de casa que era una lástima dejarlo escapar, más siendo que aún nadie  lo había  logrado descifrar.  Ese pensamiento volvió a insuflarme energías y logró  centrarme de nuevo en el acertijo que se había  planteado frente  a mí. Repetí otra vez cada una  de las técnicas  anteriores empleadas, esperando haber  dejado  pasar  algo  por  alto que  me  diese  alguna información de  hacia  dónde avanzar. Era  como  cuando planteaba toda  la información sobre  un caso en la pared de mi oficina y revisaba cada  uno  de  los datos,  una  y otra  vez,  en  busca  de  la conexión que  debía existir entre  sospechosos y crimen.  Así fue como llegué  por segunda vez a estudiar  el código  fuente  de  la página del  caché.  Unas  horas  antes,  al probar esta misma  técnica,  me  había  centrado en  localizar  algún  comentario adicional al código  que tuviese la piedra rosetta del caché. Era un método de encriptación de información muy  sencillo,  pero  a la vez muy  utilizado y repetido por  usuarios de  nivel  medio  de  conocimientos informáticos. Tan  sólo  debías  empezar una línea del código  HTML con una comilla simple  para  que  el navegador web desestimase dicha  información a la hora  de  interpretar su  contenido, de  manera que  cualquier información útil podía agregarse al código.  Era una herramienta muy  útil entre  programadores, que la usaban para  anotarse qué hacía cada parte de su código,  de una  manera fácil y sencilla.  El mundo del Geocaching, acostumbrado a tomar prestadas herramientas y materiales de otras  disciplinas, le había  dado una  vuelta de tuerca  en su propio beneficio.  Sin embargo, en la segunda revisión del código,  tampoco se mostraba ningún comentario interesante. Cuando estaba a punto de pasar  a otra  técnica,  algo  llamó  mi atención. La única y misteriosa frase,  vista  en código  HTML ocupaba demasiado. Tras leer con detenimiento esa parte,  pude descubrir algo  realmente llamativo. La frase estaba compuesta por  una  cantidad desmesurada de etiquetas tipo  “Font Size”. Aquello debía  significar algo importante. Todo  lo que se sale de la normalidad, suele  estar  ahí  por  algo  especial.  Ésa era una  de  las directrices fundamentales que  un  investigador tenía  siempre en mente.  Tanto en el campo  policial,  como en el de los acertijos del Geocaching. Y en este caso, la única frase  del acertijo, aparte de  ser casi un sinsentido, no mostraba nada  extraño a la vista.

 

“Abierto los sábados y domingos. ¿Serás lo suficiente avispado para dar con él, Inspector?”

 

Una vez estudiado con detenimiento su código pude discernir que la frase contenía  letras  a diferente tamaño. Aunque la mayoría de los  caracteres eran  de tamaño 12, algunas letras  sueltas habían sido  reducidas al tamaño 11. Un cambio casi imperceptible al ojo, pero que  el código  permitía descubrir. Separé los caracteres en dos grupo, según  el tamaño de letra, obteniendo una  nueva amalgama  de información, de nuevo sin sentido. El tamaño superior me daba  como resultado “A ER O OS SÁBADOS OMIN OS. ¿ERÁS LO SU ICIENTE AVIS ADO ARA DAR CON ÉL, NSPE TOR?”, mientras que los caracteres reducidos quedaban en ““BI T L Y D G S F P P I C”. El segundo grupo no me parecía más que un conjunto de letras sin sentido alguno, por  lo que tomé  la elección  de analizar la frase  restante que  quedaba al eliminar los caracteres “menos importantes”. Al menos parecía que empezaba a querer decir, o indicar, algo en algún  idioma muy  parecido al nuestro. Quizás había palabras del gallego, quizás del latín. Era posible  que  fuera  un  poco  de cada  lengua y que  ahí estuviese la clave que me acabase  dando unas  coordenadas. Comencé a introducir combinaciones en el Google, con la vana esperanza de  conseguir algo  de  luz.  Con el paso  de  las diferentes búsquedas, todas  ellas infructuosas, el cansancio fue haciendo mella en mi cuerpo y caí rendido en el sofá del comedor. León aprovechó la oportunidad para  lamer  el cuenco  con el líquido de gobierno de los variantes, conocedor  de  que  en  ese momento podía actuar con  total  impunidad, y terminó su crimen  recogiéndose sobre  mi propio lomo  mientras se relamía los bigotes.  En pocos minutos, ambos  estábamos profundamente dormidos con ronquidos casi acompasados.

 

Me desperté de un sobresalto. León casi ni se inmutó. Eran las seis de la mañana. Tenía el cuerpo medio aterido del  sofá.  Me había quedado dormido en él, con la ropa de calle y sin taparme ni un  poco.  A través de las ventanas me entraba el suave  sonido de la lluvia sobre las solitarias calles del barrio.  A pesar  de que  no hacía  un  frío excesivo,  el poco  calor  que  me  aportaba el gato  no evitó que me quedase destemplado, por  lo que opté  por  ir a la habitación a ponerme el pijama y acostarme relajadamente en mi cama,  que por  cierto  ni tan siquiera estaba  hecha.  Antes  de  apagar el ordenador, eché  un  último vistazo a los dos grupos de  palabras, letras  o lo que  fuesen,  sin  obtener nada  claro  de  ello. Me retiré a mi alcoba,  estiré  la colcha  y volví a dormirme de nuevo. León ni se esforzó en acompañarme.

Me levanté a media mañana y seguía dándole vueltas a las letras.  En el duermevela  de la noche,  cuando mi mente  se libera  y funciona a pleno  rendimiento, mezclando imaginación y realidad en su justa medida, una  idea  se incrustó en mi córtex cerebral,  de manera que nada  más levantarme de la cama  tuve  que ir corriendo al ordenador a hacer  unas  pruebas más.  Todavía no había  logrado sacar nada  en claro y ya me parecía que me estaba  enganchando a este misterio.

¡Qué grande era esto del Geocaching! Volví a mirar  los dos grupos de caracteres que  había  separado la noche  anterior, pero  en este  caso me  centraría en el segundo de ellos, el menos  numeroso y más inconexo. Hasta  ahora  sólo los había visto  como  un  grupo de caracteres independientes, una  especie  de acrónimo o de secuencia codificada, pero  me equivocaba. Tan sólo debía  corregir un  error básico  que  había  cometido en la agrupación de los mismos:  hacer  lo que  nadie te dice que  debes  hacer.  Había pasado todas  las letras  a mayúsculas pensando en un acrónimo. ¿Qué ocurría si mantenía las letras  tal y como se mostraban en el acertijo? El resultado fue claramente alentador.

 

“b i t l y d g S f p p I c”

 

Ahora  veía todo  con mucha más claridad. Esa combinación de caracteres en mayúsculas y minúsculas, acompañados de las cinco primeras letras me daba…

¡Una dirección web reducida! ¿Cómo podía ser que  no lo hubiese visto  antes? Lo que tenía  frente  a mí no era más ni menos  que bit.ly/dgSfppIc, una  de las muchas  herramientas de  reducción de  URL que  permitía que  las  aplicaciones o imágenes alojadas en la nube  y que, normalmente, tenían una dirección casi interminable, se acortasen en unos  pocos  caracteres que  facilitases  su introducción en códigos  e introducción manual de las mismas. Con  cierta  emoción, introduje la dirección en mi navegador web,  la conexión WiFi de mi portátil no acababa de ir todo  lo fina que  me hubiese gustado, por  lo que  aún  tardó unos segundos en cargar  la pantalla. Cuando lo hizo, me mostró una sencilla  página con fondo  azul que me dejó atónito. Tenía ante mí lo que parecía una  copia casi idéntica de las pantallas de acceso a los expedientes informáticos de mi propia comisaría. La misma composición, el mismo  grafismo y tipografía, ¡incluso  la misma  marca  de agua! Lo único  que  la delataba como  una  mera  imitación era que  la pantalla de acceso marcaba, en el campo  asignado a la introducción del usuario, el geocódigo identificativo del acertijo que estaba  tratando de resolver, también llamado GC. El único campo editable resultaba ser  la contraseña de acceso.  ¿Cómo habían logrado clonar  con  tanta  calidad una  herramienta tan privada como  ésa? ¿Se trataría de algún compañero del cuerpo que también se dedicase al Geocaching? Eso no cuadraba. El caché  se había  publicado en  mi

mismo  barrio,  por  lo que  lo más  sencillo  era  pensar que  el usuario fuese  también de la zona.  Y yo no conocía  a ningún otro  compañero, de toda  el área metropolitana, que  jugase  a esto.  Todos  los compañeros me  trataban de  freaky o incluso  de infantil  por  gastar  mi tiempo libre en esta afición. Lo veían  como un juego de niños  o adolescentes, no comprendían porqué un  adulto como  yo, se molestaba en buscar  cajitas por  el monte o por  la ciudad. Yo tampoco me había esforzado mucho en hacérselo comprender. Simplemente era algo que  me gustaba,  con  lo que  disfrutaba mucho y que  me  permitía evadirme de  los malos rollos  del trabajo.   En todo  caso, a falta de estudiarlo un  poco  más  a fondo,  no acaba de parecerme que esta imitación de nuestro sistema fuese muy  legal. Pero bueno, supongo que al estar  diseñada sin malicia  y con un fin no lucrativo, nadie  le pondría más  objeciones que  el simple  objetivo de un  juego. Lo que  más me preocupaba en este momento, no era quién  o cómo había  copiado la interfaz de acceso, si no cuál sería la contraseña que necesitaba para  seguir  adelante. Mi primer impulso fue el de centrarme en el resto de palabras que  se habían formado con el primer grupo de caracteres y que  no había  utilizado aún  para  nada. Probé  cada  una  de ellas por  separado, en mayúsculas y en minúsculas, luego fui combinándolas e inventando combinaciones a cuál más  inverosímil. Llegó un  momento en el que  me pareció  que  no hacía  más  que  perder el tiempo.

¿Realmente esas palabras significaban algo o se deberían de usar?  No tenía porqué. La frase ya me había  dado la dirección, por  lo que el código  de acceso podría  ser que  estuviese en otro  sitio.  Así que  estudié de nuevo, pero  ahora  con más detenimiento, la página que emulaba el acceso a los expedientes y que solicitaba  una  contraseña. Una vez descartado que la palabra clave no se encontraba implementada de ningún modo en la página del acertijo, parecía claro que la solución debía  hallarse en esta  pantalla. Miré  de  cerca,  hasta  casi nublarme la vista, cada una de las imágenes en busca de alguna información oculta.  Las descargué  y procesé  por diferentes métodos, tratando de encontrar algo secreto  que se ocultase en su interior. Pero la estenografía tampoco parecía estar  detrás de

este planteamiento. Hasta  intenté probar si era  una  de  esas  imágenes que  al cruzar los  ojos  formaban una  imagen tridimensional. Tras  varios  intentos, ya me di cuenta que  estaba  dando palos  de ciego. Tocaba  borrón y cuenta nueva, olvidarme de lo que estaba  haciendo y mirar  las cosas desde un prisma diferente. Lo dejé todo  y me fui a la cocina  a prepararme un  desayuno contundente. Café con leche,  tostadas con jamón y tomate y un  zumo  de  naranja recién  exprimido. Un desayuno de los que se disfrutaban en casa, no como el donut y el café aguado que me tomaba en la oficina frente  a mi mesa plagada de expedientes  por  clasificar  o por  resolver. ¡Expedientes!  Tal y como  dije  esa  palabra, la taza  del café se me resbaló  de entre  los dedos, impactando contra  el suelo  a la vez que  se destrozaba en mil añicos.   La imagen de mi mesa  abarrotada de expedientes me había  hecho  recordar el nombre de uno  de ellos, de quizás el más triste  de todos  los que  tenía  encima  de mi mesa:  “La Operación Puerto”. Tenía que  ser  todo  una  macabra casualidad. Prácticamente no  recordaba el nombre oficial de ese expediente, pues  para  mí, desde aquel  fatídico  día, el caso pasó  a llamarse “la desaparición de Jorge” mi leal compañero.

 

Todo había  comenzado hacía ya algo más de un año. Mi compañero Jorge había logrado dar  con la pista  de una  importante mafia  de narcotraficantes que  operaban  en el puerto de Valencia,  a los que seguíamos de cerca desde unos  meses atrás. Ya estábamos próximos a obtener unos  indicios  lo suficientemente sólidos que  nos permitiesen acercarnos a ellos y asestarles un  golpe  letal. Todo  el caso se  había  disparado súbitamente tras  el  soplo  de  uno  de  los  contactos de  mi compañero. Nunca había  querido saber  de dónde, ni cómo, Jorge conseguía información tan suculenta, mientras ello nos ayudase a avanzar en nuestras investigaciones. Cada  uno  era muy  libre  de tener  su propia vida  privada. A mí me gustaba utilizar satélites  milmillonarios para  buscar  cajitas por el monte y Jorge prefería gastarse sus ahorros en tugurios de mala  muerte y en mujeres. En muchas,  muchas mujeres. Su labia  no  tenía  fin y tan  bien  se le daba  sonsacar información de un  confidente, como  embaucar a la mujer que  se propusiese. Lo mismo  daba  que  ésta estuviese soltera  que  casada,  aunque esta última clase de mujeres le atraía  mucho más.  Siempre me recordaba que el riesgo  a ser descubierto  por  su marido hacía  del coito una  sensación indescriptible. Yo me reía y no le hacía  más  caso  del  necesario. Las mujeres y yo teníamos una  polaridad muy  poco afín, un magnetismo simétrico tan desarrollado que siempre lograba alejarlas de mí. Era por ello que, cuando mi compañero me intentaba contar  algunas de sus fechorías nocturnas, yo trataba de no tirar  de la manta más de lo necesario. Por pura envidia. Cuando me decía  que  había  logrado una  información  valiosísima de  la manera más  rocambolesca del  mundo, yo  simplemente me preocupaba por  el contenido del mismo  y no por  su mensajero. Y el contenido del último soplo  era realmente revelador para  nuestro caso. Aquella misma noche se esperaba un desembarco de contenedores en el puerto de Valencia, procedente de la costa norteafricana, que no contenían los bienes realmente declarados. Los dos cabecillas principales de la mafia  narco  estarían allí en persona  para  recibir  la mercancía. Algo insólito  ya  que,  por  razones de  seguridad dentro de la propia organización mafiosa,  casi nunca se dejaban ver juntos. Era una oportunidad única  para  identificar a la cúpula de aquella red de narcotraficantes  que periódicamente lograban introducir en el mercado nacional el contenido  de aquellos cargueros de origen  norteafricano. Siempre me había espeluznado la similitud entre  aquellas dos palabras: narcotraficantes y norteafricanos. No dudaba que nuestro lenguaje era sucintamente discriminatorio en la mayoría de los casos, pero  aquello ya me parecía rizar  el rizo.  Era como  el binomio Judas  y judíos; una  coincidencia con demasiado mal  gusto  como  para  no estar dirigida. Tras  analizar la situación con  detenimiento, Jorge  y yo  convenimos que la información disponible no era tan significativa como para  poder montar un operativo oficial y dar  al traste  con aquella operación, pero  tampoco podíamos  dejar pasar  la oportunidad de incriminar a algunos de los mayores delincuentes de  la  ciudad. Acudimos de incógnito a  un  desvencijado  hangar del puerto de Valencia, un poco antes  de la hora indicada por el misterioso contacto de  mi  compañero. Ambos  sabíamos los riegos  que  corríamos al presentarnos allí sin dar más información de la estrictamente necesaria a nuestros superiores, pero  estaba  en  juego  el posible  cierre  de  uno  de  los casos  de  nuestras vidas. Aquello nos podía catapultar hacia un futuro exitoso  y era una  posibilidad que no queríamos desaprovechar. El sueldo que recibía  me permitía vivir con cierta holgura y sin  preocupaciones  económicas, pero  también se debía  a que  vivía sólo y no tenía  unos  gastos  destacables. Si algún día pensaba en formar una  familia, cosa que aún no lograba vislumbrar con quién  podría ser, necesitaría algo más.  En el caso  de  mi  compañero, estaba  seguro que  él ya  necesitaría un  aumento para  poder mantener su actual  ritmo  de vida. Estuvimos agazapados tras unas  grandes cajas de  madera, casi más  de media hora  antes  de que  la puerta del  hangar se abriese  y mostrase, al débil  trasluz del  tenue  alumbrado de  los muelles marítimos, la silueta  de nuestros dos  sospechosos. Vestían con elegantes trajes negros, cuyas  telas  lograban hacerse  destacar incluso  en la oscuridad de aquel  almacén. Guardaron silencio durante unos minutos hasta  que  el teléfono del más gordo de los dos empezó a sonar.  Descolgó y confirmó su presencia en el lugar  pactado. Sin más palabras colgó el teléfono  y se encendió un  cigarro.  Casi de manera instantánea, la puerta lateral del hangar se abrió. Cuando giré  la cabeza  para  tratar de  averiguar quién  entraba por  ella,  recibí  un  duro impacto en la base del occipital  que me hizo  perder el sentido y caer de bruces. Cuando desperté, con un dolor  horroroso en el cuello  y la vista  medio  borrosa, descubrí que  seguía  en el interior del hangar, pero  en este caso estaba  completamente sólo. Alguien se había llevado a mi compañero Jorge y, desde entonces, no había  vuelto  a tener  ninguna noticia  de él. Me negaba a creer  que  estuviese muerto, pero  más  de un  año  sin recibir  ninguna información suya  empezaba a preocuparme seriamente.

 

Y ahora,  como salido  de la nada,  un caché de un usuario casi fantasma, autodenominado “Sandman”, y sin apenas historial en el juego, me traía  a la mente  los fantasmas del pasado. El mundo estaba  lleno de macabras consecuencias que a veces  nos  hace  preocuparnos, más  de  lo necesario, por  una  simple  cadena de desdichadas coincidencias. Es lo que tenía que ser. No podía ser de otra  manera. ¿Qué sentido tenía que todo  aquello, un  misterio público por  muy  cinco estrellas de dificultad que fuera, apuntase a un caso de la realidad? Y además a un caso de un carácter tan personal para  mí como aquel.  Para tranquilizarme a mí mismo  y convencerme de que todo  aquello sólo se debía  a la casualidad, decidí introducir mi propia contraseña en aquella pantalla que  emulaba el sistema de expedientes policial.  Como era de esperar, el sistema me devolvió un error acceso. Un gran peso se quitó de mi cabeza  y pude respirar tranquilamente. Fui a la cocina  a limpiar el estropicio que  acababa de provocar, mientras recogía  los restos  de la traza  destrozada, volvió  a mi cabeza  el golpe  recibido en la nuca  en aquella emboscada. Mi cabeza  y mi alma  se sentían así, como  aquella taza,  la una  golpeada y la otra  destrozada por  la desaparición de  mi  compañero. En seguida me volvió a recorrer otra punzada por toda  la espina dorsal. Había comprobado ya que el falso sistema del acertijo me devolvía error  ante  mi propia  contraseña del  departamento, pero  ¿qué  pasaría si probaba a introducir la contraseña de Jorge? Parándose a pensar con detenimiento, yo actuaba en aquel caso como subordinado de mi propio compañero. La investigación le había sido asignada directamente a él, yo sólo actuaba como colaborador, como agente  de apoyo.  Si alguna contraseña debía desbloquear la “Operación Puerto”, ésa sería la de mi compañero, no la mía. La confianza que teníamos el uno  en el otro era tal que  no  nos  importaba que  el otro  conociese  nuestro código  de  acceso.  Era más, a veces podía ser hasta provechoso y nos facilitaba  mucho la faena cuando alguno de los dos  no se encontraba en la oficina  o frente  al ordenador. Volví a mi portátil, me senté sobre  una  esquinita del sofá y tecleé su identificativa y reconocible  contraseña “69boobs@XXX”. La pantalla cambió de repente y me ofreció unas  coordenadas. Mi cara  se volvió  pálida como  el marfil,  el corazón casi me dejó de palpitar y un malestar general me invadió en mi interior. Me hubiese ido directamente a vomitar al aseo, si no fuese porque las piernas no me respondían. Lo único que pude hacer  fue reclinarme sobre  el sofá y dejar caer una lágrima de pánico  que  lentamente recorrió toda  la mejilla hasta  perderse entre el cuello de mi camiseta. Definitivamente, alguien estaba jugando conmigo de la manera más cruel del mundo. Los captores, o asesinos, de Jorge habían buscado un modo retorcido y despiadado de llamar  mi atención. Y desde luego que  la habían logrado. Me paré a pensar unos  minutos sobre  lo que  todo  esto  podía significar. Por un  lado,  si alguien buscaba esta  manera de comunicarse conmigo, tenía  que ser porque buscaban un contacto directo  y de manera extraoficial, sin inmiscuir para  nada  al resto  del Departamento. Era algo entre esos criminales y yo. Por  otro  lado,  también era  verdad que,  aunque el método empleado para  la obtención de las coordenadas se podía considerar casi indescifrable para cualquier otro  usuario del  universo Groundspeak, el hecho  de  introducir una llamada así, por  muy  encubierta que fuese,  en un sistema de libre acceso como era el de Geocaching, denotaba que esto sólo podía ser el punto de partida. No podía esperar que  en  las  coordenadas finales  se encontrase nada  extremadamente  delatador, puesto que  algún  otro  usuario, ya fuese  por  accidente o por hackeo del sistema, podría descifrar el acertijo y dar  con toda  la trama al traste. No era la primera vez que el sistema, directa o indirectamente, sufría un ciberataque que  dejaba al descubierto las soluciones de centenares de cachés  de tipo misterio. Así pues, lo que suponía que encontraría en la Zona  Cero  sería algún tipo de mensaje velado, que yo pudiese interpretar, y que no llamara la atención del resto  de jugadores. No había  más alternativa, si quería saber  si Jorge seguía vivo o no, que hacer  el Geocheck,  comprobar si realmente las coordenadas eran correctas y seguirles un  poco  más  el juego, al menos  hasta  que  tuviese una  información más  detallada que  me  permitiese tomar alguna decisión. Introduje las coordenadas, que  el  falso  sistema policial  me  había  devuelto hacía  unos momentos, en el comprobador de resultados que Geocheck.org pone  a la disposición de los jugadores para  éstos  casos. Mi solución era la correcta.  El contador de intentos ya iba por más  de un  centenar de rojos y, al fin, había  logrado dar con el verde.  No podía dejar de pensar en la osadía que el tal “Sandman” había tenido para  desafiarme de  este  modo. O bien  sabía  más  de  mí  de  lo que  yo mismo  me podía imaginar, y por  eso supo  que  a través  de este acertijo podría llamar  mi atención, o bien  era  un  simple  majadero que  poco  le preocupaba la seguridad y que  simplemente había  tenido la fortuna de  que  yo fuese  el FTF. Podía  ser que no tuviese prisa  en que yo descifrase el enigma y que no trastocase sus planes que otro usuario hubiese sido el First To Find, como se le conoce al primero en encontrarlo. Aunque, para ser exactos, realmente aún  no era el FTF, todavía debía  ir a las coordenadas y ver qué se escondía en ellas. Pero eso iba a ser cuestión de minutos. No podía esperar más a saber de qué iba toda esta pesadilla  y a qué  demonios jugaba “Sandman”. La página del Geocheck me ofrecía una  única  pista  adicional: “RED”. Sin saber  muy  bien  si se referiría al nombre del color rojo en inglés  o a una  red de pescadores, me calcé las botas  y me puse el impermeable dispuesto a buscar  bajo la suave  llovizna que  salpicaba las calles  de  Valencia.  Con  las  coordenadas finales  introducidas en  mi  dispositivo GPS, me encaramé hacia  mi destino, una  calle de pequeñas casitas,  en no muy buen  estado, de la conocida barriada marítima de Nazaret, en las inmediaciones del Puerto. No era un sitio por  el que normalmente me gustase pasar,  un barrio un  poco  aislado de la ciudad, encerrado por  el cauce  antiguo del Turia  y diferentes  infraestructuras viarias,  con restos  de fábricas  ruinosas de principios del siglo pasado, que habían favorecido la proliferación de diferentes grupos sociales bastante problemáticos. Es más, fuera de mi labor  profesional, nunca había tenido que  desplazarme hasta  allí, lo cual  me hacía  sentirme algo  inquieto. La lluvia favorecía la ausencia de personas para  poder buscar  y moverme con total impunidad, pues  la tranquilidad ya me la otorgaba la nueve milímetros que había introducido en la parte  trasera de mis pantalones. No estaba  demasiado seguro de lo que podía encontrarme y quería estar  prevenido para  cualquier cosa. Una vez en las coordenadas, me tocaba  identificar el objetivo y, a poder ser, sin llamar  demasiado la atención. Para  ello, saqué  mi teléfono  móvil,  me lo acerqué a la oreja, cubierto por  la capucha que  me protegía de la lluvia  pero  de manera que  se viera  que  estaba  hablando con él, o al menos  esa era  lo que  pretendía. Simulé  una  conversación banal  con  cualquier amigo,  mientras con  la mirada trataba de  identificar el  lugar   más  apropiado para  esconder un  contenedor, aunque con la imaginación e ingenio que  estaban mostrando mis  compañeros en los últimos tiempos, en cualquier sitio se podía ocultar un  posible  contenedor.  Tras unos  minutos de observación, algo llamó  mi atención. Todas  las casas tenían unas  puertecitas pequeñas metálicas, para  contadores de  agua,  con  su correspondiente cerradura de llave triangular, menos  una.  Además, en la puerta sin cerradura había  una  pequeña pintada realizada con pintura de color rojo. Miré a mi alrededor, asegurándome que  no venía  nadie  y que  nadie  me observaba a través  de las ventanas más próximas al contador de la puerta manchada. Cuando estuve seguro de poder actuar con tranquilidad, abrí la puerta y, tal y como me esperaba, allí dentro se encontraba un pequeño contenedor de plástico de tamaño mediano. En su interior, tras un repaso inicial, no había  nada  sospechoso. Un libro de registro sin ninguna firma, que confirmaba que yo era el único buscador que había  localizado el escondite, y algunos objetos de intercambio comunes. Aquello no tenía  sentido. Tenía  que  haber  algo  más.  Era físicamente imposible que todo  aquello se debiera al fruto  de la más pura casualidad. Registré con detenimiento cada  uno  de los objetos, hasta  que llegué  a una  especie  de tarjetero negro  y lo abrí. Su contenido me confirmaba varias cosas. Lo primero de todo era que, efectivamente, aquello no era una casualidad. Se trataba de una trama urdida con inteligencia y que me buscaba a mí desde el principio. Lo segundo que me confirmó era que me acababa de quedar sin vacaciones. Ahora  sí que habían captado realmente mi atención y no iba a poder dejar el asunto hasta desentrañar quién  se hallaba tras  el pseudónimo de  “Sandman”  y hacérselo

 

pagar. Lo que  en un  principio me había  parecido que  era  un  tarjetero, resultó ser una  placa  policial  verdadera inscrita  con el número 91X52, el número de mi compañero.

 

Pasé todo  el camino  de vuelta a casa envuelto en una  nube  de incertidumbre y desasosiego. No  lograba asimilar qué  es lo que  estaba  ocurriendo a mi alrededor.  Me sentía  miembro de un mundo conspiranoico del que  ya no podría escapar por mucho que lo intentase. Aunque no lo iba a intentar. Ya en mi sofá, con León entre  las piernas y el portátil frente  a mí, se me planteaba un  nuevo dilema.  ¿Debía registrar o no  la resolución del  misterio? Me parecía clara  que  la respuesta debía  ser “Sí”. Primero por propia normativa interna del Geocaching y segundo porque en ese momento no se me ocurría otro método para  seguir este “caso” que dando a conocer  a mi rival que ya había dado con la placa de mi compañero Jorge.  Por el momento estaba bajo su mando y dirección. Lo que tenía claro era que  no le iba a dar  el gusto  de encontrarme desorientado ni desesperado. Quería darle una falsa sensación de autosuficiencia y control  de  la situación por mi parte,  esperando que ello precipitase alguna acción que delatase más  información sobre  lo que  ocurría por  parte  de  “Sandman”.  Al mismo tiempo pretendía evitar crear  alarma social, con mi registro, entre  el resto  de la comunidad de buscadores. Medité por  unos  instantes y finalmente tecleé en mi portátil:  “FTF, llamativo acertijo finalmente resuelto. In: Nada Out:  Placa”. Al instante  dos  correos  llegaron a mi bandeja de entrada. El primero de ellos  era  la habitual copia  de seguridad que  certificaba la publicación de mi registro en la aplicación. Nada especial. El segundo de ellos me dejó sin aliento.  Casi de manera  simultánea a mi propio registro, me  llegaba  otro  mensaje  anunciando la publicación de un nuevo caché de tipo misterio. Otro acertijo cinco estrellas, del maldito “Sandman” denominado “Te estamos vigilando”. Aquello era simplemente imposible. La publicación de tesoros venía  controlada por un proceso de supervisión técnica  por  parte  de  los revisores voluntarios que,  aunque podia solicitarse ser  programado, no  podía activarse a interacciones de  los  propios jugadores. Era sencillamente absurdo plantearse la posibilidad de que  otro  caché se activase  al público justo en el momento en que  se efectuaba el registro FTF de una  supuesta “primera parte”. O, para ser aún  más rocambolescos, que la activación dependiese del registro de un usuario en concreto,  el mío, en cierto caché o acertijo. El sistema no funcionaba de ese modo ni permitía dichas  posibilidades. O “Sandman” había pirateado el sistema informático de Geocaching.com incluyendo algún  tipo de código  malicioso que le permitiese salvar a los revisores y autoprogramar publicaciones según  acciones  del usuario o, aún peor,  había  logrado coaccionar a alguno de los revisores para  ejecutar el cambio de  código.  No sé cuál  de  las dos  opciones me  daba  más  miedo.  Fuera  la que fuese, lo que estaba  claro es que “Sandman” no era un donnadie y tenía  grandes recursos a su disposición. Debía empezar a andarme con pies de plomo en este asunto. Lo que parecía claro era que, de un modo o de otro, realmente me estaba vigilando, por lo que acudir a mis superiores quedaba descartado por ahora. Al menos hasta saber  si mi compañero seguía  vivo o no. De momento, lo único que  podía hacer  era  seguir  las instrucciones encriptadas del  tal “Sandman”  en modo de  descabellados acertijos  de  Geocaching. Y eso era  lo que  estaba  dispuesto a hacer.  Entré en la página de información del  nuevo acertijo “Te estamos vigilando”. El nombre no era extraño para el tipo de juego. Era un recurso habitual de cachés que se esconden cerca de zonas videovigiladas y que requieren de una precaución extrema por parte  del buscador. Pero después de todo  lo vivido  hasta  este instante, y viendo de dónde y de quién  venía  la advertencia, el título  daba  más  respeto de lo que  cabía  imaginar. Sin embargo, para cualquier otro buscador que viese la nueva publicación, no dejaba de ser un caché más de una  alta  dificultad de resolución. Nada que llamase  la atención demasiado. Siguiendo la misma  metodología que en el anterior acertijo, la página estaba completamente desprovista de información sobre  el lugar,  la intención del juego o cualquier otro  tipo  de aclaración habitual en estos  casos. Lo único  que  se hallaba presente era una imagen de “Certitude” con el texto “Introduce el código correcto”. El “Certitude”  era un sistema de comprobación de coordenadas similar al Geocheck pero que permitía el desbloqueo de un acertijo en base a un texto, o cualquier combinación alfanumérica, en lugar  de en base a unas  coordenadas, como  ocurría en  Geocheck.  Analicé  la  página durante un  buen  rato,  según  el mismo  procedimiento utilizado anteriormente, en busca  de alguna información oculta  que me desvelase el camino  o la palabra clave del nuevo acertijo. Pero en este  caso,  ninguna de  las técnicas  empleadas me  dio  un  resultado apropiado. Pensé detenidamente en la situación. Me encontraba en una  especie  de segunda parte  del acertijo, por lo que era de suponer que, para  poder resolverlo, primero había  que haber  sacado  la “Operación Puerto”. Por lo tanto, quizás el código  de acceso se encontrase en el otro acertijo. Tecleé de nuevo la contraseña de Jorge, pero era demasiado fácil. La mía, tal y como  esperaba, también daba  error.  Entonces  me acordé  de una  serie de tesoros,  que encontré una  vez, en los que dentro del contenedor final de cada  uno  de ellos se encontraba la clave para  resolver el final. ¿Y si había  algo en el contendor que había  pasado por  alto? Un código  o una  contraseña que  me  permitiese tener  acceso  a… ¡Por  Dios!  ¿Cómo podía estar tan  ciego?  Era  evidente, un  acceso  privado, algo  que  sólo  podías conocer  si habías  desentrañado el acertijo anterior, si eras  el FTF y, lo más  importante de  todo,  si eras  yo.  Saqué la falsa  cartera negra  con  la placa  de  mi compañero e introduje “91X52”. El sistema se desbloqueó y me mostró unas nuevas coordenadas con el texto  “Revisa  los atributos”. ¿Los atributos? Cada caché dispone en su página de un  sistema de códigos  mediante imágenes, denominados atributos, que dan  información específica  sobre las características de la búsqueda. Unas opciones realmente interesantes, que  te pueden evitar  más de un viaje en balde  o algún  pequeño susto,  y que, sin embargo, la mayoría de los buscadores no reparábamos en ellos lo debido. Y, en este caso, me incluía en dicho  grupo, pues  no les presté la debida atención hasta  el momento. Los atributos  indicaban que  se trataba de  un  caché  para  resolver en el campo,  por  lo que las coordenadas que disponía no serían  las finales,  que no se recomendaba en grupo, ¿un  toque  de  atención para  que  no llevase  compañía?, que  se debía hacer  de noche  y que  requería de luz UV. “Sandman”  se había  inclinado ahora por un nocturno de luz UV, muy  apropiado si iba destinado a un agente  de policía científica,  como  era mi caso. No obstante, este tipo de juegos ya eran  bastantes  habituales entre  la comunidad y, casi cualquiera de nosotros, ya disponía de alguna linterna con luz  ultravioleta en su casa. Introduje en el Google Maps las coordenadas obtenidas y “Sandman” no me decepcionó. No podía haber elegido  otro  lugar  más  inapropiado y más  esclarecedor. El GZ, también conocido como Zona  Cero o zona  de inicio de búsqueda del contenedor, apuntaba exactamente al hangar del puerto marítimo en el que  comenzó toda  esta  pesadilla. Más exactamente en el punto donde recibí el brutal golpeen la cabeza que me dejó sin sentido. Un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral de tan sólo recordar aquel instante. Podía recordar el amargo sabor del despertar y el dolor duradero en la base de mi occipital.

 

Al anochecer, ya  me  encontraba en  los alrededores del  hangar. Esperando el momento apropiado para introducirme en él. La puerta que nos sirvió de acceso la última vez a Jorge y a mí, hoy se encontraba cerrada mediante un candado de combinación. Primera pista.  Nadie que quiera guardar algo realmente de valor, usaría esta clase de candados que  tan  fácilmente puedes ser abiertos por  cualquier  avezado usuario de internet que sepa qué y dónde buscar.  Si allí había un candado de combinación, además de pequeño tamaño y bastante nuevo, tenía que  formar parte  del “juego”. Odiaba denominar así a esta situación en la que me encontraba, pero analizándolo fríamente no dejaba de ser eso: un “juego” de “Sandman”  en el que  yo era su peón.  Iluminé el candado con mi linterna ultravioleta   y  mostró una  marca  azul  celeste  de  rotulador permanente EDDING

  1. En el marco de la puerta un código, a modo de bienvenida, me mostraba la clave para introducirme en el hangar. Antes  de abrir la puerta, me aseguré de

que llevaba  mi pistola  conmigo y retiré  el seguro. Estaba  metiéndome en aguas pantanosas y lo sabía. Pero si quería saber  qué le había  pasado a mi compañero y tratar de salvarlo, no me quedaban más  opciones. Al entrar en el hangar, la oscuridad de  su  interior era  absoluta. El hangar llevaba  clausurado y sin  uso desde la desaparición de  Jorge.  Las ventanas habían sido  cegadas y ni tan  siquiera la luz  de la luna  se lograba colar  entre  sus escasos  recovecos.  Saqué  mi linterna de cabeza  y la encendí, dejando siempre una  mano  libre para  mi arma reglamentaria. Las paredes mugrientas, marcaban unas  suaves marcas  satinadas  que  a la luz  ultravioleta desvelaban unas  diminutas flechas  que  iban  indicando  un camino.  Sin lugar  a dudas “Sandman”  había  estado aquí  dentro. Si es que  aún  no  lo estaba,  pensamiento que  me  provocó un  instinto repentino de agarrar mi arma  con todas  las fuerzas y ponerme a disparar a ciegas. Me reprimí.  Tras  seguir  las  indicaciones de  las  paredes, llegué  a una  solitaria caja  de madera, de esas que habitualmente se usan  para  el transporte de mercancías voluminosas. La caja estaba  completamente sellada por clavos.  Golpeé  suavemente,  como con miedo,  esperando recibir  alguna respuesta de su interior. Nada. No podía ser tan sencillo, era estúpido pensar que  mi compañero Jorge estuviese ahí  dentro. Al menos con vida.  De nuevo el mismo escalofrío  recorría mi espalda. Busqué algo con lo que hacer  palanca y, no muy  lejos de allí, logré hacerme con un  trozo  de barra  de hierro  medio  oxidada. Poco a poco pude ir forzando la tapa  de la caja y, tras más de diez  interminables minutos, su contenido  quedó al descubierto. Al principio me pareció que  se encontraba completamente vacía, que todo  aquello era una broma pesada y que nada  tenía que ver conmigo. Sólo la más fatídica y desgraciada casualidad. Pero al mirar con detenimiento encontré una pequeña grabadora en su interior. Sin parar a pensarlo, le di al botón de reproducir. Una voz distorsionada salía por su altavoz.

 

“Muy buen trabajo, Inspector, sabíamos que no nos iba a defraudar. Por desgracia, estuvo demasiado cerca de conocer la realidad y, como podrá suponer, no podíamos permitirnos eso. Así que tuvimos que pararle los pies. Frenar su investigación. Sus pesquisas sobre nuestra trama de contrabando andaban demasiado encaminadas y en cualquier momento podría habernos hecho caer. Fue un verdadero golpe de suerte que aquella noche le lográsemos detener los pies antes de que todo fuera demasiado tarde. Sin embargo, durante este tiempo, su empeño no ha cesado. Pensábamos que la advertencia que le habíamos lanzado era suficientemente clara. Una verdadera lástima que no lo haya dejado correr, no crea que me agrada la decisión que me obliga a tomar…”

 

Y ahí  terminaba todo.  ¿A qué  se referían exactamente? Por  lo visto  aquel  día Jorge y yo casi logramos nuestro objetivo, pero  alguien nos tuvo  que  delatar y todo fue al traste.  Debíamos tener algún topo en la oficina. O quizás el confidente de Jorge… Sobre la advertencia, no había duda que  se refería  a la desaparición de mi estimado compañero. Lo que no entendía muy bien era porqué sólo se refería a mi cuando decía que  había  estado cerca de dar  con su operación al traste.  Si todo el mérito era de mi superior inmediato en el caso; de Jorge. Y, ¿de qué decisión desagradable hablaba?… Cuando estaba  a punto de darme cuenta de lo que  ocurría por  mí mismo,  una  voz  me sugirió tirar  el arma  y darme la vuelta lentamente mientras apoyaba el cañón  de su revólver en mi nuca.  Al girar, lentamente mi cabeza,  la linterna que aún  llevaba  sujeta a mi frente  iluminó el brazo  que,  firmemente, me seguía  apuntando, dejando al descubierto un  tatuaje tribal  con el nombre de “Sandman”.  Mi corazón se paralizó por completo cuando levanté la vista  hacia  sus  ojos y ellos sólo  me mostraron la impasibilidad,  sin un ápice de remordimiento, de la mirada de mi excompañero Jorge. Un disparo secó retumbó en el hangar mientras la voz de Jorge decía quedamente “Lo siento  mucho, compañero, no puedo permitir que me descubras”.

 

En el suelo  frío de ese hangar, dejé escapar mi último aliento  de vida,  frustrado por  la traición más  suprema de quien  había  considerado algo más que mi amigo,  casi mi  hermano. Mi cuenta de  usuario de  Geocaching mostró un  último registro mientras mi cuerpo yacía inerte: “DNF, didn’t found!”

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4 pensamientos en “Primer certamen literario Geocacheando El Mundo – DNF

  1. Una gran historia que ha mantenido la intriga hasta el final. Y además combinada con una master class de geocaching. Le otorgo la máxima calificación: 3 points

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